El mito del casino

El mito del casino

Timba, ruleta y azar son algunos de los prejuicios que arrastra la Bolsa. Lo sorprendente es que el tabú cruza la sociedad de punta a punta. Una charla con un amigo fue el disparador de mi columna de hoy. No se pierda la explicación que le di.

La semana pasada me reencontré con un amigo. La última vez que nos habíamos visto había sido en mi casamiento, allá por mayo de este año. Cual vino añejado en barrica de roble, el paso del tiempo enriqueció el encuentro y también el debate que luego se generó…

“La Bolsa es una timba”, sentenció Juan Manuel, amigo mío desde la primaria, mientras terminaba su pinta de cerveza artesanal.

La frase en sí misma no me sorprendió. Es un preconcepto común en la sociedad. Lo que me dejó azorado fue su convencimiento. Creía con seguridad lo que decía.

“¿Por qué decís eso, Juanma?” le retruqué, dándole el espacio para fundamentar su afirmación. Él es Contador Público y trabaja en el sector de Impuestos de una de las empresas conocidas como las “Big Four”. Estudios no le faltan para defender sus ideas.

“Prefiero ir al casino y jugarle al 23. La Bolsa es para especuladores”, afirmó, casi cerrando la discusión.

Sin haber saltado la valla del campo tradicional del ahorrista —plazos fijos y dólar—, mi amigo argumentó que invertir en la Bolsa era equivalente a sentarse en una mesa de casino y hacer una apuesta aleatoria.

Es decir, llevó la administración estratégica de la riqueza, piedra angular de la libertad e independencia financiera, a un terreno donde un croupier ejecuta y el azar gobierna.

La respuesta me decepcionó. Esperaba más de él, no sólo por su educación sino también porque es de mi generación. Es sub 30, por lo que yo creía que era más imparcial y estaba menos atado a tabúes populares.

Sin embargo, Juan Manuel puso sobre la mesa una opinión —prejuicio, en su caso— que yo pensaba que tenían solamente las personas que ya peinan canas, aquellos que se volvieron hiperconservadores, y con razón, a fuerza de golpes como el Rodrigazo, la Tablita del 79, la hiperinflación del 89 o el Corralito de 2001.

Como ambos compartimos la pasión por los debates, durante el resto del encuentro me dediqué a derribar su visión mítica del mercado financiero.

 

Invertir más allá del casino

Quienes asocian la Bolsa con los juegos de azar creen que al invertir hay un premio muy elevado, reservado para muy pocos. Y que también hay un riesgo de perderlo todo que es todavía más alto. Es un esquema de tipo “el ganador se lo lleva todo”.

En el caso de la ruleta, “hacer un pleno” paga 36 veces la apuesta original. Pero quien deposita la ficha en su número favorito del paño verde, estadísticamente ganará sólo una vez cada 37 lanzamientos —además de los 36 números, se cuenta el “00”.

Si a este tipo de nociones sobre el juego le sumamos un importante grado de desconocimiento sobre cómo funcionan los mercados y malas experiencias en el pasado, tenemos un cóctel tan explosivo como supersticioso.

El resultado es una visión distorsionada y oscura de las inversiones bursátiles. Según el imaginario popular —y de mi amigo—, el mercado financiero debería quedar reservado solamente para economistas y especialistas, que son los que siempre ganan.

Pero en el campo de lo real, estas ideas no tienen nada que ver con la Bolsa. Azar no es lo mismo que valor.

Uno, como inversor, compra activos porque percibe que están “baratos” respecto de su valor, y espera que suban a mediano o largo plazo. En el mercado hay una relación de oferta y demanda que hace variar el precio y que es, consecuentemente, lo que hace que uno gane o pierda.

Esto es lo que le da volatilidad a las cotizaciones. Por eso es importante mantenerse firme con los objetivos. Si uno sucumbe a la bajas de corto plazo y vende, siempre tendrá pérdidas.

Está demostrado que la Bolsa es un lugar rentable y seguro para aquellos que tienen un horizonte más extenso y no tienen la urgencia de “liquidar” o vender el dinero invertido.

grafico

El gráfico considera la evolución anual del principal índice de acciones: el Merval. Está conformado por un grupo de empresas de diversos sectores: bancos, petroleras, siderúrgicas y compañías de servicios, entre las más importantes.

El Merval es un buen reflejo del desempeño de la Bolsa. Veamos su historial hasta 2014.

El inversor paciente posicionado en acciones cosechó en la última década una ganancia anual promedio de 30% en pesos, mientras que en los últimos 5 años, el retorno promedió el 37% anual.

La ganancia no sólo fue nominal, sino que también las acciones se valorizaron en términos reales. Le ganaron a la inflación promedio de la última década (23%) y del último lustro (28%). Incluso en este 2015 tan cargado de inestabilidad, el Merval le saca más de 12 puntos a la inflación acumulada.

El tiempo no le sienta nada mal a la Bolsa por ser una supuesta “timba”…

Por otro lado, no me quiero omitir la segunda parte de la afirmación de mi amigo: el mito de que la Bolsa es un lugar sólo de especuladores.

Si bien es cierto que existe especulación de cortísimo plazo y que muchos buscan ganancias elevadas en poco tiempo, este comportamiento no es la regla.

En realidad, esta caracterización corresponde a un tipo de inversor sumamente agresivo en lo que se refiere a la tolerancia al riesgo: los amantes del riesgo.

Sin embargo, está demostrado que la mayoría de las personas que invertimos en activos rechazamos el riesgo. Técnicamente, tenemos “aversión al riesgo”. O sea, preferimos ganancias más modestas a cambio de dormir tranquilos.

Así, el carácter especulativo con el que habitualmente se tilda a la Bolsa en verdad corresponde sólo a una parte muy reducida de sus participantes.

Hechas estas aclaraciones, mi deseo es que usted comience desmitificar poco a poco las leyendas urbanas que giran en torno a los mercados. Es indispensable que empiece a tomar decisiones motu proprio en materia de inversiones, más allá de las creencias populares que, en la mayoría de los casos, no tienen fundamentos.

Ese velo oscuro se quita con conocimiento y experiencia. Palabras más, palabras menos, así terminé la charla con Juan Manuel, que aceptó de buena manera mi postura y prometió capacitarse.

A usted, estimado suscriptor, le dejo otra frase. El filósofo francés Voltaire la inmortalizó en el siglo XVIII pero tiene plena vigencia hoy.

“Los prejuicios son la razón de los tontos”.

Por una nueva inversión exitosa,

Nery