“Que el gobierno lo arregle”

“Que el gobierno lo arregle”

Frente a cada crisis o caída de la bolsa la pregunta unánime gira en torno a lo que puede hacer el gobierno para revertirla. En realidad, se trata de una pregunta mal fundamentada que trae más problemas que soluciones.

 

“Nunca desaproveches una crisis severa”
Rahm Emanuel
Alcalde de Chicago y ex Jefe de Gabinete de la Casa Blanca

China está estornudando y fuerte. El miércoles, la bolsa de Shanghái cayó nuevamente un 1,3%. Fue el quinto día consecutivo de bajas y dejó al índice bursátil  9,5% abajo en lo que va del año. El mercado de valores chino comenzó un camino ascendente en noviembre del año pasado y se aceleró con fuerza hasta superar los 5000 puntos en junio de este año. Sin embargo, los números actuales ya dan cuenta de una corrección de nada menos que 43,3% desde el máximo.

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China no está sola. El resto de las bolsas en el mundo acompañan la caída. El S&P 500, de la bolsa de Nueva York, acumula una caída del 10% en la última semana y ya está 8,0% abajo en lo que va del año. Por su parte, los commodities también se desploman. El petróleo cotiza por debajo de USD 40 el barril, y la soja está en USD 330 la tonelada, muy por debajo de los USD 500 que llegó a cotizar en mayo y junio de 2014.

Frente a este panorama sombrío, que nos hace pensar en la probabilidad de una nueva Gran Contracción, el pedido y la pregunta de los autodenominados “expertos”, así como de una innumerable cantidad de analistas se vuelve unánime: ¿Qué podrá hacer el gobierno?

Como si las caídas de la bolsa o las recesiones fueran un producto inevitable de la dinámica de los mercados, nadie duda en mirar “hacia arriba” cuando se presenta alguna situación de tensión en el ámbito de las finanzas o de la economía.

Sin embargo, a la luz de lo que ha venido pasando, no solo en China, sino también en las potencias desarrolladas e incluso en nuestra Argentina, es razonable pensar que, en realidad, se trata de un pedido erróneo y una pregunta equivocada.

Tomemos el caso de China. Hace pocos días, el Financial Times revelaba que:

“Luego de la crisis de 2008, cuando las exportaciones chinas cayeron, el gobierno ordenó a los bancos estatales desatar una ola de créditos que los economistas describieron como la relajación más grande de la política monetaria de la historia.

La deuda total de China se cuadriplicó de 7 billones de dólares en 2007 a 28 billones a mediados del año pasado, según McKinsey Global Institute. A 282% del PBI y en aumento, el año pasado, la carga de la deuda china ya era mayor, en términos relativos, que las de Alemania y Estados Unidos.”

¿Realmente se necesita más deuda y más crédito?

En 2008, Estados Unidos también lanzó un programa de “estímulo económico” que no solo exigió la emisión de 3,2 billones de dólares por parte de la Reserva Federal, sino también un incremento del gasto y el déficit que llevaron la deuda al 103,6% del PBI. Japón y Europa no se quedaron atrás. El primero implantó en 2013 un programa de estímulo monetario y fiscal sin precedentes, mientras que en Europa, el Banco Central se comprometió a imprimir 60.000 millones de euros por mes desde marzo de este año hasta septiembre de 2016.

A todo esto, China también devaluó el Yuan, pero es evidente que con semejantes programas de emisión monetaria, la “guerra de monedas” había comenzado hace rato.

Las Crisis y el Leviatán

Las crisis supuestamente generadas por el capitalismo son la excusa perfecta que tienen los gobiernos para incrementar su poder y su esfera de influencia. Como dijo el actual alcalde de la ciudad de Chicago, los políticos nunca deben desaprovechar una. Es que estas son una oportunidad única para aumentar la emisión monetaria, el gasto público, la deuda y también las regulaciones y los impuestos.

Argentina es un caso ejemplar: a principios de la década de 2000, dos presidentes, Adolfo rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, decretaron respectivamente la suspensión de pagos de la deuda pública y el abandono de la convertibilidad. Ambas decisiones dejaron el camino libre a Néstor Kirchner para que emprenda una política expansiva que “estimulara” la economía. Así, el aumento de la impresión de billetes y del gasto público, sumado al abaratamiento de la mano de obra y un fenomenal contexto internacional, mostraron un país en plena recuperación con tasas de crecimiento envidiables. A corto plazo, esto fue visto como un éxito del intervencionismo estatal, lo que abrió la puerta a mayores y crecientes grados de intervención.

En el mediano plazo, sin embargo, los resultados distan de ser satisfactorios. La inflación es hoy el principal problema de la economía  y los controles de cambio y de precios destruyen los incentivos para invertir y producir. En este marco, ni siquiera la multiplicación del déficit fiscal puede sacar a la economía de su estancamiento.

Es cierto que el gobierno cuenta con instrumentos para evitar un desplome bursátil o hacer que crezca el Producto Bruto Interno. Sin embargo, hay que tener cuidado, porque la creencia en que el uso de las “herramientas de política económico” todo lo pueden, a menudo termina siendo un remedio peor que la enfermedad.

Saludos,

Iván.