El Gobierno tiene las manos atadas​

El Gobierno tiene las manos atadas​

El anuncio de la suba de tasas de interés por parte del BCRA no hizo más que reconocer que el valor del dólar es una preocupación. Ésta es la consecuencia donde la dinámica del modelo se ha vuelto inconsistente. 

Durante los últimos cuatro años de magra actividad económica, el Gobierno ha intentado paliar la debilidad del sector privado con el incremento acelerado del gasto público. En términos simples, el gran creador de empleos pasó a ser el sector público, evitando que la caída del PBI fuera más profunda a la evidenciada.

Allí es como el Estado fue un pequeño monstruo que crecía y crecía de tamaño, sin control del uso de los recursos y entorpeciendo las iniciativas privadas lo más posible.

Y es que cuando “la bestia” necesita recursos para seguir creciendo, lo que hace es asfixiar al sector privado para saciar su necesidad.

La presión impositiva llegó a su máximo nivel histórico. Sin embargo, el ritmo de crecimiento del gasto público llegó a un nivel tan drástico que las cuentas fiscales comenzaron a mostrar un alarmante déficit fiscal.

Pero todo tiene un límite, y creo que ya se ha alcanzado…

El anuncio del Banco Central de la República Argentina de incrementar las tasas de interés para los plazos fijos minoristas de personas físicas y jurídicas es una muestra de ello. Si durante la semana escuchamos a muchos funcionarios oficiales ninguneando al dólar blue, efectivamente en la realidad era algo que perturbaba y preocupaba detrás de los micrófonos. Y el alza de la recompensa por los depósitos a plazo, así lo demuestra…

Sin embargo, esta suba de tasas – a priori insuficiente – es la consecuencia de un tortuoso deterioro económico que se gestó 8 años atrás.

Sin dudas que esto es el corolario de algo que comenzó en 2007 y que me gustaría desarrollar de la forma más simple y conceptual posible.

En ese año, la inflación comenzó a acelerarse por las inconsistencias que ya mostraba el modelo. El Gobierno pisó el acelerador del gasto y las cuentas comenzaron a no cerrar. Los superávit fiscales y de cuenta corriente tendieron a evaporarse y, en vez de reconocer el problema para atenderlo, se lo negó sistemáticamente.

El hecho de bombear la actividad económica mediante el gasto público e incentivo al consumo interno, sin el acompañamiento de una política amistosa para incrementar la oferta, derivó en una ascendente inflación.

Si el mercado de bienes y servicios se encontraba en equilibrio y la demanda sube con fuerza y no lo hace así la oferta, la conclusión es que los precios suben. Y eso es más inflación.

Esto se retroalimentó de manera permanente hasta encontrar el máximo punto de ebullición en 2014 cuando el alza del nivel de precios llegó al 40% anual.

La aceleración del costo de vida generó un perceptible impacto negativo sobre el tipo de cambio. Este se atrasó considerablemente, generando un deterioro marcado en la competitividad de nuestras exportaciones que redundó en un achicamiento considerable del superávit comercial. Así, una de las principales fuentes de oferta genuina de dólares se evaporó.

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Asimismo, para calmar las expectativas inflacionarias, el Gobierno optó por continuar con la política de atraso cambiario, situación que agravó el impacto negativo en la actividad y aceleró la demanda de dólares.

El ciudadano de a pie se dio cuenta de que la divisa estaba “barata” y comenzó a acumularla, presagiando que pronto podría tener lugar una devaluación del peso argentino.

A pesar del ninguneo aparente, al Gobierno le preocupó la nueva escalada del blue. Sin embargo, poco hizo para detenerla. La emisión monetaria siguió descontrolada, financiado un creciente déficit fiscal que llega, en los días actuales, hasta 7% del PBI.

Con el tibio anuncio de suba de tasas del BCRA se reconoció el problema. La intención va en el camino correcto, pero quizás ya es demasiado tarde.

El anuncio de la autoridad monetaria muestra la inconsistencia del modelo actual. En un contexto de actividad estancada, los libros de texto indican que las tasas de interés deben reducirse (no aumentarse) para incentivar la demanda de inversión y el consumo. Acá operamos en el sentido opuesto.

Y la medida llega en momentos donde el Tesoro está financiando parte de su exceso de gasto con la emisión de títulos públicos en pesos en el mercado local. La decisión del BCRA impactará, indefectiblemente, en el costo de las próximas emisiones oficiales.

Hoy el Gobierno está atrapado en su propio laberinto. Y con las manos atadas para aplicar políticas anticíclicas.

La próxima administración tendrá muchos – y duros – desafíos por delante.

El primer paso para retomar la normalidad será reconocer el problema, hacer un diagnóstico adecuado. Luego, tomar las medidas necesarias para la corrección de los mismos.

Esto no estará libre de costos y, usted, como inversor, debe saberlo.

A su lado en los mercados,

Diego Martínez Burzaco