La catástrofe presupuestaria del Ingreso Básico Universal

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La propuesta de dar un ingreso a cada individuo de la sociedad puede sonar bien,  pero es impracticable dado el estado de las cuentas fiscales.

Seguramente todos alguna vez en nuestra vida fuimos al circo. Algunos más de una vez, sin dudas. En el circo, además de los malabaristas, están los equilibristas, que caminan por cuerdas flojas bien elevadas en altura. Sin embargo, estas acrobacias siempre se practican con una red de contención situada por debajo de la cuerda. El objetivo es evitar que los accidentes puedan tener consecuencias importantes.

En el debate político-económico, la “red de contención” siempre está presente. Tanto a la izquierda como a la derecha se plantea que el estado debe ofrecer una especia de válvula de seguridad para aquellos que se caen del sistema, o bien para quienes tienen mayores dificultades para incorporarse a la rutina diaria del trabajo en el mercado.

Los planes asistenciales como la Asignación Universal por Hijo, la provisión de bienes como la educación y la salud, y otros incentivos como los seguros de desempleo o la entrega de notebooks gratuitas en los colegios forman parte de esta red de contención que puede tomar formas diversas.

Últimamente, en el mundo está tomando fuerza la idea de lanzar un nuevo dispositivo para proteger a los ciudadanos de los países. Se trata del Ingreso Básico Universal (IBU), un monto periódico de dinero pagado por el estado y entregado a todos sin ningún tipo de restricciones.

De acuerdo con uno de sus principales impulsores, el filósofo y profesor belga Philippe Van Parijs, el IBU es un ingreso pagado por la comunidad política a todos sus miembros por el solo hecho de serlo. Es decir, sin ningún miramiento relativo a si la persona trabaja o no, si tiene o no ingresos, o si está en lo alto o en lo bajo de la pirámide social.

Los argumentos a favor de esta mensualidad básica son varios. Muchos sostienen que ayudaría a resolver la pobreza, dándoles un mínimo de subsistencia a los más desprotegidos. Otros argumentan que fomentaría la toma de riesgo empresario, estimulando el crecimiento económico. El razonamiento detrás de este postulado es el siguiente: si un individuo cree que si le sale mal un negocio, lo perderá todo, entonces no comenzará su proyecto; pero si sabe que dispondrá de un ingreso mínimo, entonces se animará…

Al margen de éstos, el argumento que está generando más adeptos es el del enorme desempleo que estaría por venir, producto del avance de la tecnología, y la profunda desigualdad que este mismo generaría. Esta tesis tampoco es del todo convincente. Después de todo, la tecnología no genera desempleo y mucho menos desigualdad.

Ahora bien, asumiendo que termina siendo deseable, por cualquier motivo, lanzar en nuestro país un Ingreso Básico Universal pagado por el estado. ¿Sería realmente posible?

En Finlandia, recientemente, decidieron lanzar una prueba de este sistema. Allí, 2.000 personas recibirán un ingreso de € 560 por mes por los próximos dos años. Con un tipo de cambio de 1,055 con el dólar, esto equivale a USD 7.090 por año, o al 14,2% del PBI per cápita Finlandés. En Estados Unidos, algunosproponen instaurar un IBU de USD 13.000 por año, lo que equivaldría al 23,3% de su PBI per cápita.

Tomando un promedio de ambos valores, y aplicándolo al caso argentino (es decir, considerando el 18,7% de nuestro PBI per cápita), resulta que un Ingreso Básico Universal “a la Argentina” implicaría un pago de poco más  de $ 3.000 por mes. Es decir, que cada ciudadano argentino, sin importar sus ingresos o su edad (esto puede ser discutible según quién plantee la propuesta), recibiría $ 3.000 mensuales o $ 36.000 anuales.

A nivel individual, no estamos hablando de ninguna fortuna. Sin embargo, una vez que lo extendemos a toda la economía, vemos que se trata de una propuesta inabordable. Es que esos $ 36.000 deberían multiplicarse por la cantidad de personas que habitan nuestro país. Con ese número en alrededor de los 40 millones, estamos hablando de una cifra total destinada a financiar el Ingreso Básico Universal de $ 1,44 billones por año.

Tal vez la cifra tomada aisladamente no diga mucho. Sin embargo, equivale a duplicar la presión tributaria. El año pasado, de acuerdo con los datos de AFIP, lo recaudado por impuestos, incluyendo lo ingresado por el blanqueo, fue de $ 1,40 billones. O sea que el gasto por el IBU excede en $ 40.000 millones a toda la recaudación de 2016. Y todo esto, encima, en el marco del déficit fiscal más grande de los últimos 25 años.

Sin tocar el gasto público, y sin agrandar el déficit fiscal, el gobierno tendría que más que duplicar su recaudación para poder hacer frente a esta nueva propuesta de redistribución del ingreso. Pero en un país cuya presión tributaria es récord, seguir subiendo impuestos sería una condena a muerte para el sistema productivo.

El Ingreso Básico Universal es reprochable desde muchos puntos de vista. Ahora desde una perspectiva estrictamente presupuestaria es directamente impracticable. Dar lugar a la propuesta equivaldría a subir más los impuestos asfixiando al aparato productivo, o multiplicar el déficit fiscal, que es el principal responsable de la crisis que vivimos.

Si queremos que la economía crezca y que cada vez haya menos personas que se caigan del sistema, deberíamos ir pensando otro tipo de alternativas. El IBU no es -ni de lejos- una solución posible.

Iván Carrino

Iván Carrino

Siendo rehenes del Estado nunca vamos a ser ricos. Por eso, Iván Carrino desenmascara uno por uno a los políticos que te impiden alcanzar tu libertad financiera y te explica cómo proteger tu dinero de sus malas decisiones

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