Negocio redondo

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Esta semana no hablaré de economía local, sino que aprovecharé este espacio para comentar una noticia: el “Bernie Madoff argentino”, Eugenio Curatola, acordó cinco años de cárcel para pagar sus fechorías cometidas la década pasada. Su historia deben tenerla en cuenta todos aquellos que estén o quieran entrar al mundo de las inversiones.

Por Felipe Ramírez

Nueva York, 2009. 150 años de cárcel. La sentencia sacude al mundo financiero internacional.

El ex corredor de Bolsa y asesor financiero Bernard Madoff ya no tenía escapatoria; miles de personas estafadas durante 20 años y por un total de US$50 mil millones forman parte del legado que dejó el autor de la mayor estafa individual de la historia.

Buenos Aires, 2015. Cinco años de cárcel acepta pagar el argentino Eugenio Curatola por estafar a 249 personas por un total de US$9.228.000.

Los montos y los castigos son diferentes, pero el esquema es el mismo y quiero aprovechar este espacio para recordarlo una vez más.

Por las dudas…

El viejo Ponzi

Carlo Ponzi fue, como muchos otros, un italiano pobre que a fines del siglo XIX llegó a Estados Unidos con la idea de hacer realidad el sueño americano. Hizo un poco de esto y otro poco de aquello, aunque con cierta afición por los trabajos reñidos con la ley: falsificó firmas para cobrar cheques y estuvo en un negocio de contrabando, por ejemplo.

Pero más allá de estos trucos de poca monta, su nombre está en todos los libros de finanzas e inversiones por un “esquemita” que ideó luego de la Primera Guerra Mundial.

Así lo describe Wikipedia:

“Su golpe más importante lo dio en 1919, cuando al darse cuenta de que en los cupones que los inmigrantes italianos enviaban por carta a sus familias, extremadamente pobres a causa de la guerra, para que los cambiaran por dinero y pudieran responder a las cartas, había un negocio fabuloso. Consultó a amigos y conocidos y montó la empresa Securities Exchange Company. Comenzó a repartir cupones prometiendo unas ganancias de 50% en 45 días o de 100% pasados los tres meses”.

“En poco tiempo se convirtió en un personaje acaudalado, y tanto políticos como medios de comunicación lo presentaban como un empresario ejemplar. Todo funcionó muy bien durante los primeros meses, el dinero llegaba por montones y los intereses se pagaban religiosamente. Las viudas hipotecaban sus casas y la gente recogía sus ahorros para invertirlos en el negocio de Ponzi”.

Hasta acá todo bien, ¿no?

Y sí, lo estuvo hasta que se descubrió de dónde venía el dinero…

El esquema diseñado por Ponzi se basaba en pagar esos intereses fabulosos pidiéndole plata a otra persona, a la que prometía un retorno igual de fabuloso. Luego, pagaba al que estaba en segundo lugar pidiéndole dinero a un tercero y un cuarto, y así ad eternum.

Como se corría la voz de los intereses fabulosos, más gente llegaba a entregar su dinero. Ponzi lo recibía, con eso le pagaba a los anteriores y luego salía a buscar “carne fresca” para pagarle a los últimos que habían entrado.

Más o menos así.

El problema es qué pasa cuando dejan de entrar recursos, o cuando un grupo grande se quiere salir: la rueda se queda sin grasa y deja de girar. Un día el estafador se queda sin dinero y todo el mundo se da cuenta de la trampa.

Veamos un extracto de una nota publicada el martes en el diario La Nación, de Buenos Aires, sobre el caso local:

Curatola aseguraba que en un año podía obtener un 45% de interés a partir de una inversión mínima de 10.000 dólares. Mediante la promesa de dividendos altos, utilizando dos programas de radio y televisión, logró seducir a miles de clientes que entre 2001 y 2004 le entregaron sus ahorros para que los invirtiera en el mercado a futuro de divisas en el exterior”.

“A pesar del corralito decretado en diciembre de 2001 y de la pérdida de confianza en el sistema financiero argentino, nadie sospechó de Curatola. Pero, a principios de 2005, los primeros ahorristas fueron a reclamar el dinero que habían colocado en las empresas de Curatola, quien a su vez lo entregaba al fondo Vanderbelt Management Group (VMG). Les respondieron que tenían ‘problemas de liquidez’”.

“Con la firma del contrato, Curatola suministraba a cada inversor una clave para que pudiera seguir a través de una página de Internet la evolución de su capital. Aparentemente, uno de los hermanos del acusado se encargaba de actualizar las cifras por ganancias inexistentes”.

“Todo era ficticio: en la página web se mostraba que las ganancias por el capital invertido crecían, pero a principios de 2004, cuando los ahorristas quisieron cobrar lo aportado o los intereses, la plata no apareció”.

Le pasó a Ponzi, le pasó a Madoff, le pasó a Curatola y le pasará a cualquiera que vuelva a intentarlo.

Sí, es probable que después de ser descubiertos terminen en la cárcel, como en los tres casos anteriores, pero muchas veces no hay una restitución del dinero de quienes depositaron su confianza en esta gente.

Cuando confianza se traduce en dinero. Y dinero, muchas veces, se traduce en sueños y esperanzas.

Las manos fuera de la masa

“¿Pero cómo se financian?”

Tres veces me preguntó lo mismo el gerente de marketing de una importante corredora chilena, en un café fifí de Isidora Goyenechea, en Santiago.

E insistía e insistía porque no creía que el modelo de negocios de Inversor Global se basara en la venta de suscripciones a sus servicios.

Sin venta de espacios para publicidad, sin cobrar comisiones de ningún tipo.

Para una corredora esto es de otro planeta, ya que la base de su negocio son justamente las comisiones: cada vez que un cliente compra o vende una acción, ellos cobran un porcentaje de lo transado.

Por eso muchas veces te tapan con recomendaciones de compra o venta. Mientras más movimientos se produzcan en las carteras, más comisiones cobran.

“No, no tocamos la plata”. Cuando le respondí por tercera vez, ya un poco molesto por la insistencia, el gerente de marketing de la corredora esbozó una pequeña sonrisa, como diciendo “ok, no me quieres contar, pero yo sé que algo hay”.

Y la verdad es que no, no hay nada más.

Nuestro negocio es encontrar las mejores oportunidades de inversión posible y presentarlas a nuestros suscriptores para que ellos, luego, las ejecuten por sí mismos.

Si no tocamos la plata ni vendemos publicidad en nuestros espacios, es para mantener la mayor independencia posible. Porque lo que vendemos son ideas, y mientras menos contaminadas, mejor.

Por eso, desconfía cuando alguien te asegure ganancias extraordinarias, y después te pida plata hacer una “operación”.

Porque Ponzis hay muchos por ahí.

Saludos,

Felipe.

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